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SIGNO Y ESPIRITU

por Luis Carlos Emerich

 

El cuadro titulado Abajo están los muertos (1992), que le mereciera a José Luis Bustamante (México, 1955) una mención honorifica en la VI Bienal Tamayo, no sólo confirma su fidelidad a su vocación abstraccionista y su ajenidad a las tendencias figurativas, en su mayoría parafrásticas, típicas de la posmodernidad imperantes entonces, sino su determinación para resistir los influjos de las modalidades conceptualistas, puesto que su obra reciente demuestra que la afirmación de la personalidad de su obra se debe al desarrollo de su propias premisas formales y al creciente rigor para lograr su síntesis.
Aunque en el cuadro citado ya están presentes algunas de sus constantes compositivas, los elementos que en su obra reciente alcanzan su máxima intensidad provienen de series en que ha ido alternando y retomando bajo la provocación de referentes específicos, como serían la arquitectura Gaudí, las ruinas prehispánicas, y los signos  gráficos desimbolizados que  recuerdan a Soulages. Así, las densas franjas negras (de Retablos 1999), los anillos y los puntos (de Ancestral 2006), las texturas pétreas contrastadas con superficies de plata de Barcelona 2007), la concentración de manchas oscuras sobre tenues atmosferas nubosas (de Ceremonia del fuego 2009), por ejemplo, parecen haberse sometido a dilatados procesos de sublimación en la serie Signo y espíritu (2011), se afirman elementos apenas sugeridas en su obra anterior: sutiles planos rectangulares que dan ilusión de profundidad espacial y, por tanto, de infinidad donde flotan concentraciones de color perceptibles como metáforas de la condición espiritual.
De este modo, Signo y Espíritu representa una decantación del sentido último de los motivos pictóricos acometidos durante décadas por Bustamante, en pos de su significado más profundo. A esto se debe que su progresivo refinamiento técnico corresponda al grado de su concentración en las tensiones entre los colores oscuros tratados como aglomeraciones gaseosas y los claros como planos infinitos, que referidas al espíritu como la inmanencia del ser y al signo como forma de invocación ancestral, bien pueden legitimar la permanencia de su abstraccionismo lírico, a contracorriente del arte que en las últimas décadas  los ha sustituido por la especulación intelectual.
Así que estas abstracciones de José Luis Bustamante, que obedecen a su naturaleza interior (como decía Kandinsky), son tan inexplicables en palabras como la belleza que estimula, a través de los sentidos, la imaginación.

Luis Carlos Emerich Crítico de Arte.

México, D.F. 2012